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Divendres  01.11.2013  08:25

Autor/s: "El Pla d'Urgell. Memòria i paisatge". A cura de Josep Camps i Francesc Foguet, amb fotografies de Marta Benavides. Col·lecció Lo Plançó, 12. Editorial Fonoll

De caça a l’estany d’Ivars

Josep Bernat i Duran (1922)

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Para dirigirse al estanque de Ibars desde Barcelona, se toma el correo mixto que sale de la estación del Norte a las seis veinte en dirección a Zaragoza y llega a Mollerusa a las doce cuarenta y dos, si llega puntual.

Los excursionistas pueden bajar en dos estaciones: la de Bellpuig y la de Mollerusa; pero es más cómodo hacerlo en ese último lugar.

Se baja en Mollerusa, se entra en cualquier fonda, se encargan las tartanas primero y la comida después, y a las cuatro de la tarde se parte de Mollerusa para Ibars. El trayecto, en tartana, es de dos horas.

Cercanas al estanque hay dos casas: la conocida por Can Sinén y la llamada Cal Aragonés. Las dos son serviciales y de confianza. Es muy honrada la gente del lugar.

La cacería en el estanque de Ibars necesita preparación, por lo menos de un mes.

Tanto los moradores de Can Sinén como los de Cal Aragonés cuidan de que las cacerías no se sucedan diariamente con el fin de que los cazadores encuentren la caza reposada y puedan divertirse. Se escribe a cualquiera de las dos citadas casas, pidiendo día e indicando el número de cazadores.

El número de cazadores no puede en la actualidad exceder de catorce, por ser catorce el número de barcas disponibles.

Ya en cualquiera de las dos casas cercanas al estanque, cenan los cazadores tranquilamente, se retiran a dormir y se levantan al apuntar el día, almuerzan fuerte y se trasladan después a las barcas que esperan en el embarcadero del estanque.

Cada barca lleva su remero. Los remeros son buenos tiradores, buenos remeros y perfectos conocedores del lugar, y, sobre todo, hombres de buena fe, que cifran su honrilla en el mayor éxito del tirador que acompañan.

Entran los tiradores en las barcas, colocan en la parte de proa las cajas de sus cartuchos, que cuidan de sujetarlas bien para que no caigan al agua durante el frenesí de la batida; a medida que ocupan las barcas, se separan del embarcadero y esperan los unos a los otros para emprender en orden de ataque la ruta.

Este orden consiste en el de guerrilla. Es una mano gallega en barcas.

Así adelantan, adelantan, espaciándose paulatinamente hasta dominar el estanque de extremo a extremo de su anchura y en dirección a una de las puntas del mismo.

Nadie dispara, ni puede disparar en esa marcha, que es de acoso, hasta llegar a la distancia de dos o tres tiros de la punta del estanque a la cual se dirigen las barcas. Unos doscientos metros antes de llegar a la punta de dirección, las dos barcas que marchan en los flancos de la guerrilla entran en el cañizar y las otras doce siguen avanzando.

Entran en el cañizar las dos barcas de los flancos porque muchas aves, para librarse del acoso, escapan, confiadas en su salvación, por los puntos libres y con preferencia por los lados.

Las aves que habitan en el estanque, al verse acosadas, en defensa, ora nadando, ora en vuelos cortos, ora de peón, así las fochas, van agrupándose y aproximándose a la punta de batida. A medida, por lo tanto, que los cazadores ganan terreno, en el reducto es mayor el número de las aves reunidas y más animado el movimiento de las mismas.

El cuadro es precioso en este momento.

Por una parte, la línea de cazadores; por otra, un enjambre de fochas despavoridas corriendo sobre el cristal de las aguas quietas y doradas, produciendo su marcha un ruido imponente y cristalino semejante al de una pequeña tromba en el mar. Rompen el cristal de las aguas, y es una legión que lo rompe, una legión que cuando reposa parece jirón de negra nube y cuando marcha parece que el agua hierve en toda la zona que la legión ocupa y que las gotas de vapor se conviertan en diamantes al ser heridas por los rayos del sol.

Marcha la focha de peón, despavorida, delantera, veloz, entre débiles vapores formados por polvo de piedras preciosas. Los patos reales, nerviosos, desconfiados, moviendo agitados las cabezas erguidas y que brillan como esmeraldas en broches de marfil sobre el oro del estanque, se apresuran a formar escuadrón, se alinean con gallardía, formando una elegante S, y emprenden reunidos así el vuelo, de espiral magnífica, espiral que durante un momento parece escala de tornasoles que desciende de los cielos a la tierra.

Entre estas dos maravillas, un pequeño arlequín vestido de plumas emerge y se sumerge callado y sin risa rápidamente ante las barcas, como impulsado y atraído por delicada mano de niña que habite en el misterioso fondo del estanque y quiera que su muñequita reciba la hermosura de luz...

En tanto, la guerrilla avanza en orden perfecto de ataque y rompe el fuego. Al romper el fuego la guerrilla, el estanque se puebla de aleteos, de murmullos, de voces, de gritos, de ruidos... y los patos reales rompen sus espirales y dibujan sus irreprochables triángulos en el azul, y remontan a la altura de las nubes, se alejan, forman coronas a las montañas, cirros en el cielo, y se aproximan, y descienden en ondulaciones caprichosas, y rasan las aguas, con pasmosa velocidad, para mirarse en su espejo si entristece el inmaculado tornasol de sus plumas la roja macha de la herida.

Las fochas pasan altas, unas por encima la cabeza del cazador, otras por entre los claros de la guerrilla, otras por encima del marco de cañas, todas ellas como flechas disparadas por arco potente, y no paran hasta la opuesta punta del estanque. A veces las fochas pasan a formar bandos y se elevan y descienden trazando graciosas curvas en el espacio y causando el ruido de sus alas un delicado frou-frou...

Los disparos se suceden ora aislados, ora simultáneos, ora como descarga cerrada; los gritos no cesan; las aves caen desplomadas desde la altura, unas verticalmente, otras diagonales; las aves heridas, al chocar contra las aguas, rompen el cristal con estrépito, quedan inmóviles o se agitan en violentas convulsiones, se rehacen, se embravecen, y nadando con ayuda de un supremo esfuerzo del instinto, y perdiendo sangre, y entre tiros de remate, procuran ganar el refugio del cañizar, en cuya espesura se hace dificilísimo cobrarlas.

Tras un disparo sigue otro, y otro, y un fuego graneado; tras la voz de «¡va!» se oye «¡tocada! ¡herida! ¡ojo que viene! ¡ojo que se escapa! ¡bravo!»

A veces, asustado por el ruido, sale de entre las cañas, veloz y aturdido, un pato rasando el agua; a veces un pato, perdido del bando, pasa paralelamente a las barcas hendiendo el aire...

El entusiasmo de los tiradores crece; las escopetas son abiertas con ardor; los expulsores funcionan rápidos; las manos cogen nerviosas los cartuchos de las bolsas o de las cajas sin presentarlos a los ojos para el conocimiento de las cargas; el frenesí se apodera de los tiradores... Los únicos que no pierden la calma son los remeros, que, con los cigarrillos en los labios sonrientes y las manos seguras en los remos, siguen pausadamente adelante, adelante, procurando conservar la regularidad de la línea en marcha.

¡Ah, los remeros de Ibars! Son gente honrada de los lagos, gente bondadosa y de convicciones arraigadas, semilla de apostolado.

Veréis en sus rostros morenos, curtidos por el sol y por el frío, esa pátina de fortaleza propia de la gente de mar, pátina que acusa en ellos una fuerza heroica de perseverancia, de experiencia y de resignación; sus manos, callosas, endurecidas, forjadas en el yunque del trabajo, son manos salvadoras; sus brazos musculosos, sus anchas espaldas y sus fornidos pechos tienen la serena majestad de la fuerza en reposo. Ellos causan a los que se les confían en sus barcas la impresión de una seguridad sin peligro; la sonrisa, que nunca abandona a la fuerte serenidad de sus rostros, parece decir al tripulante: «Confíate sin temores a este pecho hercúleo que encierra un corazón muy grande; confíate sin temores a estas manos firmes, a estos brazos musculosos, que te arrancarían vivo de las entrañas de la ciénaga que forma el fondo del estanque si la desgracia tuviese el criminal capricho de obscurecer el encanto de este hermoso día de tu vida».

Confiad en la gente que vive en las orillas de los lagos, porque ella conserva grabadas todavía en su alma aquellas siete parábolas evangélicas del Reino de Dios predicadas por Jesús a los pescadores de las orillas del Genesaret.

No son gente traicionera, ni ruin, sino hombres con nobleza, de amplia y magnánima generosidad.

El remero de Ibars os alentará en todos los momentos y no descubriréis en su corazón la más leve sombra de egoísmo ni de perfidia.

Él no sabe regatear su concurso y lo presta liberal en todos los momentos; es un buen tirador y cazador de sangre, que no os solicita la escopeta ni os engaña en los tiros que os aconseja. Siempre descubriréis en él la tendencia a proporcionaros el mayor éxito posible, y se pone triste y se abate y pierde su sonrisa paternal cuando regresa al desembarcadero y os despide en la orilla sin que pueda acompañaros llevando colgadas del portacaza un buen número de piezas.

El tirador que entra en una barca de Ibars pasa a formar una página en el historial de la barca y de la vida del remero, y ha de procurar nutrirla con hechos de gloria, y estos hechos gloriosos derivan del éxito.

El éxito del tirador que acompaña en su barca es lo que más agradece en el fondo del alma el remero de Ibars.

A este remero no le desagradan las propinas, pero más que las propinas agradece el éxito de su barca durante la batida.

Si él os dice: «Dejad que pase esa focha, o ese pato, para tirarles después», obedecedle; si os dice: «Apuntadla dos palmos delante», obedecedle también, que éste es el tiro; si os aconseja calma, procurad tenerla; si os señala el remate, rematad la pieza.

No incurráis en la tentación de desobedecerle, porque entonces vuestro fracaso es seguro.

El cuadro que ofrece el estanque durante la tirada es hermoso.

A los gritos de entusiasmo de los cazadores, al estruendo de los tiros, a las nubecillas de humo que flotan sobre las barcas como cendales tenues delicadamente movidos por la brisa, que acaba por fundirlos en el agua después de destejerlos en el aire, se reunen los ruidos de seda de las aves, los aplausos y risas de los curiosos que ocupan las márgenes y que concurrieron al tener noticia de la fiesta, y las voces y disparos de los escopeteros populares, que nunca faltan en las orillas, y que ora solicitan de sus perros se metan en el agua para recobrar las piezas, ora los veis en carrera tras de sus canes persiguiendo a las aves que cayeron heridas en la llanura y en las faldas de las colinas próximas, ora disparando a alguna liebre que, despertada por la zambra, huye alocada de la pólvora.

***

Llega, sin cesar los gritos y el tiroteo, la guerrilla a la punta de dirección, se cambia a las barcas el rumbo, y ya las proas enfiladas a la otra punta del estanque, empieza de nuevo la persecución, el acoso, la batalla, y rasga el aire el silbido de los plomos.

Dos idas y dos vueltas por la mañana; dos idas y dos vueltas por la tarde. Tal es el itinerario de la batida.

Y este itinerario lo hacen los tiradores sin desfallecer un momento, de cara al sol, de cara al viento, sin reparar en el peligro de la profundidad, sin otro deseo que el de dominar con sus disparos.

¡Qué importa a los tiradores que el sol hiera sus pupilas encendidas por el ardor de la pasión! ¡Qué importa a los tiradores que el agua, con sus cabrilleos, alucine sus cerebros! ¡Qué importa a los tiradores que el viento les azote las caras e imprima a las barcas movimientos desacompasados!

Nada.

Las fochas marchan delanteras; los patos nadan, juegan y revolotean, y allá se dirigen los tiradores con pulso de fiebre, sin temor a otra cosa que no sea el fracaso.

Los que figuraron durante la ida en los extremos del ala pasan ahora a alternar la mano con los demás compañeros, por orden de situación en la línea.

Esta operación no entorpece la marcha y solo se advierte por un cruce de barcas en los extremos de la guerrilla.

***

Este es el barreig de Ibars; cacería en que se caza todo lo que vuela, toda ave acuática que se halle al alcance de las escopetas.

En el barreig de Ibars no se emplean gabones ni nagerets, esos barcos especiales copiados de Inglaterra por los franceses para la caza de las aves acuáticas; ni funcionan los rabatteurs con banderolas, ni puebla el espacio el trueno de la potente canardière colocada en barca como ametralladora de torpedero.

Nada de eso se emplea en Ibars.

El pecho descubierto, la tosca barca guiada por forzudo remero, la escopeta de caza o la de repetición, sea Winchester o Browning, cargada con gran cartucho, es lo corriente en Ibars.

Alguna que otra vez, raras veces, ha turbado el silencio de aquellas aguas el ruido del motor y se ha visto convertida por un día la modesta barquilla de Ibars en lancha automóvil y apoyo de una canardière para arlequín-nageret francés, que es la ligera canardière.

Esta innovación, si bien es conveniente en aquel estanque, no es por cierto adecuada a una batida cuya línea de tiro la formen catorce tiradores, porque el estanque de Ibars no es un Escalda ni un Ebro, y su superficie solo permite una diversión con nageret y canardière a un par de cazadores.

La mejor hora para empezar la batida que acabo de describiros, conocida por barreig, es la de siete y media de la mañana.

La empresa se divide en dos partidas: la primera partida empieza a la hora referida y termina a las doce; la segunda empieza a las dos y termina a las cinco de la tarde.

Es conveniente finalizar la batida a esta hora, porque los cazadores —si sigue una noche de luna, especialmente de plenilunio— pueden merendar en las barcas, aplazar la cena y aprovechar el resto del día, hasta la hora diez, dedicados a una segunda modalidad de caza: en la espera.

Para dedicarse a la espera hay que entrar en tratos con los remeros, pues estos dan por cumplida su obligación ordinaria una vez terminado el barreig.

***

La espera, después del barreig, es una operación circunstancial, para aprovechar el día; no es la espera preparada con método y refinamiento, sino la improvisada, sin reclamos músicos (appelants), sin cimbeles, sin cabina.

Para esta espera circunstancial, los remeros hacen entrar las barcas en la espesura del cañizar que forma el marco del estanque y clavan en la ciénaga los remos o los cruzan con las cañas para que permanezcan las barcas quietas. Aseguradas las barcas, remeros y tiradores toman asiento, y ojo avizor y en sepulcral silencio esperan la entrada de las aves a la jurisdicción de las escopetas.

Las barcas no están agrupadas en un solo punto, sino distribuídas; pero todas, excepto una o dos, empotradas en el corazón del cañizar.

Esta espera equivale a una tirada de consolación para los que no resultaron favorecidos por la fortuna en la batida realizada; para otros, para los que la fortuna les brindó sus favores, esta espera representa una propina del azar.

Mientras la muerte acecha en las barcas, alevosa, si la espera se realiza bien, veréis surcar el estanque una o dos barcas tranquilas, y oiréis cantar a sus remeros, con fingida calma espiritual, una de esas canciones aldeanas impregnadas de melancolía, cuyas notas llenan de dulzura el ambiente y guardan armonía con los pálidos arreboles que al ponerse el sol quedan dormidos en el transparente cristal de las aguas.

Esos remeros, que bogan pausadamente y cantan, y que simbolizan la paz, son los grandes enemigos de las aves. Su canto es un engaño.

Aparentan regresar a sus lares después de un rudo laborar, y las aves, que conocen la peregrinación diaria de los remeros y que aprendieron que cuando ellos cantan, después de la puesta del sol, el peligro del hombre desaparece de los lagos y de los ríos, regresan al estanque, confiadas abaten el vuelo, confiadas se posan delante de los engañadores y se entretienen, amorosas y sin temor, en acicalar sus plumajes de tornasoles, descuidados por la apremiante necesidad que tuvieron de defenderse las aves durante el día, y, cantando, cantando, los remeros, y nadando y tomando abluciones ellas, entran las confiadas aves, sin darse cuenta, al dominio de las escopetas alevosas... y entonces ¡ay!iluminan los fogonazos el aire, silba el plomo, suenan los disparos y se ve a las aves agitarse en convulsiones de muerte sobre la aperlada superficie, o bien huir, rasando las aguas, despavoridas y gritando, o bien caer exámines con las alas abiertas y ser juguete de la brisa y de las ondas. Los remeros que cruzan el estanque siguen cantando.

***

El estanque de Ibars se presta todavía a otra modalidad de tiro o de caza. En mano galana y con perro de muestra a los becacines y a los palos.

El sitio más adecuado para ello es la parte u orilla del estanque donde se halla emplazada la casa Aragonés.

Para tirar en dicho punto a los becacines y a los patos, el cazador debe hacerlo acompañado de un hombre práctico en el terreno, pues, de lo contrario, se expone a peligros muy serios por las condiciones del suelo.

***

El estanque de Ibars no ha sido explotado todavía para grandes cacerías de invierno, y reune para tales cacerías excelentes condiciones naturales.

Fuera de los tradicionales barreigs, que se practican, como he descrito, en barcas corrientes, la cacería en la espera se realiza allí rutinariamente, calando la barca entre cañas, o haciendo el cazador la espera desde la orilla y estacionado a gatas.

Allí no se han construído todavía, para cazar en la espera, las cabinas, no al modo de esas estancias lujosas que en Inglaterra, Bélgica, Francia y Alemania son refinada comodidad en los cazaderos de invierno, sino las cabinas dotadas de mediocre confort.

Allí faltan todavía las barcas ligeras, los arlequines, nageret o nage-ras saoneses.

Allí faltan todavía esos célebres reclamos que los franceses llaman appelants (músicos), esa raza especial de patos obtenidos mediante cuidadosos cruces de patos salvajes con patos domésticos, observando el procedimiento de recoger, en la época de la puesta, los huevos de los patos salvajes y darlos para su incubación a las hembras de los patos domésticos; patos diestrísimos para reclamo.

En el estanque de Ibars, en una palabra, falta... lo que hace falta, si no en todos, en la generalidad de cazaderos de invierno españoles.

El estanque de Ibars se presta a un gran negocio y se lo he dicho repetidas veces a los moradores de casa Sinén.

Pepet es una gran organizador y director de batidas.

¿No podría organizar y dirigir en el estanque de Ibars una industria bien montada con el concurso popular de sus compatriotas?

Mi querido amigo Julián Vía, otro ferviente enamorado del estanque de Ibars y uno de los íntimos amigos de Pepet, ¡cuántas y cuántas veces le habrá indicado la conveniencia de esta comunidad en bien de todos!

En Ibars encontrará el huésped el regalo de una santa hospitalidad; pero, con franqueza lo digo, los medios para poder cazar son rudimentarios.

Y es lástima que así sea, dadas las condiciones inmejorables del estanque y la hombría de bien de los moradores de aquellas bellas orillas.

En Ibars se pierde una fortuna.

En las orillas del estanque de Ibars, en aquellas casas aisladas que vistas en lontananza parecen blancos cisnes posados en las lomas, hay vivificante hogar, buen vino, excelente champaña y café, dorados pollos, blanco pan, fino aceite, mesa y cama limpias, las bíblicas telas de lino y un servicio esmeradísimo, avalorado todo ello por un delicado amor de familia.

J. Bernat Durán, «Cacería en el estanque de Ibars», dins Mis horas de caza. Prácticas de caza, Barcelona, Sociedad General de Publicaciones, 1922, p. 39-56 (fragment).

Foto: Marta Benavides

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