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Diumenge  03.11.2013  20:51

Autor/s: "El Pla d'Urgell. Memòria i paisatge". A cura de Josep Camps i Francesc Foguet, amb fotografies de Marta Benavides. Col·lecció Lo Plançó, 12. Editorial Fonoll

Ambient rural

Valeri Serra i Boldú (1926)

Men?ame
 

El uniformismo va borrando fronteras, y cuando de costumbres se trata, da grima pensar en lo que cuesta la adaptación a aquellos pueblos que se despojan de su tipismo para vivir en un ambiente nuevo.

Tarde y con daño llegan a ser asimilados por la voracidad cosmopolita, pero entretanto, ¡cuán caro pagan su aprendizaje! Despójanse de la patriarcalidad que les hacía maestros, en virtud de esa ciencia que infunde la tradición, pero no resulta nada ventajoso el cambio para quien ha de empezar deletreando las más sencillas lecciones en todos los aspectos de la vida.
Tamañas consideraciones y otras de parecida índole se me vienen a las mientes cada vez que comparo el progreso material del Llano de Urgel en los tiempos presentes con el estado en que vivían sus habitantes antes de ser fecundado su suelo por el canal que tomó el nombre de la comarca. La metamorfosis abarca a las personas y a sus costumbres, de tal modo que bien vale la pena de exhumar unos documentos psicológicos que corrieron gran riesgo de perderse. No alcancé plenamente los tiempos que retrataré, pero de personas que han presenciado los dos momentos, puedo contemplar mis investigaciones.

* * *

Le oí decir un día al naturalista Odón de Buen que, examinando fotografías del desierto del Sahara y de ciertos parajes del país de Urgel, se prestaban a confusión por la común carencia de arbolado. Efectivamente, hasta después de mucho tiempo de gozar del beneficio de los riegos, no se ha dado el Urgel a plantar árboles. Su cultivo único era el de los cereales, hasta el punto que a principios del siglo xvii se pensó convertir el país en granero de España mediante la construcción del canal.
Ello quiere decir que los lienzos y vesanas de tierra que se laboraban para sembrarlas de trigo en su día, eran de gran extensión y, por tanto, exigían la presencia de la arada constantemente. ¡Oh, la vida del labrador de aquellos tiempos! Como no se cultivaban frutos tardíos que exigen labores consecutivas, no se veía en los campos sino a los mozos de labranza. Términos había en una extensión de dos y más horas, que no ofrecían otra mancha de color ni otro movimiento que las yuntas que araban en distintas direcciones.
Por eso pudo decir muy bien un coplero, mozo de mulas sin duda:

La vida del llaurador
és una vida penosa,
tot lo dia està dient:
—Puja blanca, baixa rossa.

Copla que también se canta con la siguiente variante:

La vida del llaurador
és una vida perrera,
tot lo dia està dient:
—Puja blanca, baixa negra.

Es cierto que estaba todo el día ara que te ara y arreando a su yunta, amén, dígase lo que se quiera de las coplas que entonaba, no precisamente para lamentar su suerte de labrador, sino para desfogarse de ciertas penas que acaso laceraban su alma por culpa de una ingrata, si es que no vivía en el mejor de los mundos soñando o sabiéndose correspondido en sus ensueños. Junto a la arada, ensayaba el mozo las coplas de ventura o de desdén, de amor o de reproche, de queja o de despecho, de burla o de ansia frenética, según fuesen los sentimientos que anidaban en su corazón, cuyos cantos modulados y ensayados durante la semana encontraban ancho marco en las rondas del sábado y domingo, al ser repetidos ante la casa de la musa que inspirara aquellos dictados. Ya veremos en el transcurso de estos artículos cuál fuese la naturaleza de estos cantos, pero de la música o del cant de llaurar, digamos de una vez el docto parecer del maestro Millet, quien los reputa como lo más rancio y noble con que cuenta la música tradicional agrícola, como heredera que es la agricultura leridana de los árabes que poblaron un día su suelo. Así es ella de lánguida, de resignada y de pacífica o turbulenta, según fuese el ánimo del mozo, pero perfectamente ajustada siempre al ritmo del vaivén del cantor, que anda o se mece empuñando el arado.
Las circunstancias variaban poco para el arador de bueyes, pero tenía una característica si su labor le alejaba del pueblo. Así como la economía mular suele llevarse metódica y ordenada y obliga a la estabulación durante la noche, el ganado bovino que se alimenta tan solo de hierbas, puede perfectamente pernoctar al sereno, y, por tanto, al terminar la yunta se dedica a pastar y pasa la noche en cualquier punto.
A este propósito recuerdo haberle oído contar a un propietario, humilde boyero en sus mocedades, que en muchas ocasiones salía de casa con sus bueyes el lunes por la mañana y no regresaba al pueblo hasta el sábado al anochecer. Llevábase con él un calendario exacto, de toda exactitud, puesto que al salir de su casa proveíanle el zurrón con seis arenques y el pan correspondiente, y a razón de uno por día, sabía muy bien que le tocaba el regreso después de comerse el último arenque.
Con tal frugal alimento pasaban muchos la vida en aquel entonces, si no la pasaban de peor manera, según es de ver por aquella resignada copla:

Al matí menjo pa i ceba,
a la tarda ceba i pa,
i a la nit, a falta d’altre,
ceba i pa hauré de menjar.

Indiqué antes la escasez o total carencia de arbolado en el país, y aun añadiré que, en el término de Liñola, punto especial de mis observaciones, no había viñas ni arbustos de ninguna clase, ni para cocer el pan ni para calentarse, en cuya virtud, para resguardarse del frío en invierno la gente casi pasaba todo el día metida en los establos: pero como hay Providencia, a falta de árboles o de arbustos se daban en los lugares pantanosos de su término ciertos matorrales llamados «salats», que se utilizaban en el horno de pan cocer y servían de combustible en otros menesteres. Una copla recuerda ese ejemplar de la flora que vegeta en terrenos saturados de salitre:

Mare, si marit me dau
no me’l doneu de Linyola,
que em farà anar a fer salats
que és feina d’anar al defora.

Triste situación la de aquella pobre gente, por más que el caso no era aislado, puesto que en un pueblo vecino cantábase:

Mare, si marit me dau,
no me’l doneu de Golmés,
que em faria anar al defora
i a plegar fems pels carrers.

L’anar al defora, lo mismo en las dos coplas citadas que en esta tercera:

Mare, si marit me dau,
no me’l doneu de Linyola,
que els hòmens s’estan al sol
i les dones al defora

significan exactamente lo mismo; es a saber, recoger hierbas, cortar salats y plegar fem, un pequeño arbitrio que se procuraban los pobres recogiendo estiércol por caminos y calles, hasta que llegaban a reunir un serón o carga, evaluada en «trenta dos quartos» en el lejano mercado de Tárrega o Balaguer.
¡Cuánto han cambiado los tiempos, a Dios gracias! Antiguamente, como sea que el único cultivo agrícola del país era el de los cereales, podían muy bien cantar:

Ara ve lo segar i batre
que los carros aniran,
festejaran les donzelles
i els seus pares no ho sabran.

En nuestros días van y vienen los carros por las calles de ida o venida de todos los ámbitos del término, llevando o trayendo alfalfa, remolachas, patatas, maíz, uvas, hortalizas y otros frutos propios de tierras de regadío, y otros también los tiempos, las muchachas andan asimismo muy sueltas.
La pintura del ambiente aquí trazada evitará ciertos comentarios a muchas coplas que quedarían un tanto obscuras.


Valeri Serra i Boldú, «Ambiente rural», La Vanguardia, 7 de març de 1926, p. 7.

Foto: Marta Benavides

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